EL CLIMA Y LOS CULTIVOS

LAS NECESIDADES DE LA PLANTA

Los paisajes agrarios son la resultante de la interacción continuada a lo largo del tiempo de, por una parte, la oferta del medio natural, y por otra, de la acción humana que la corrige y modifica. El suelo y el clima, como factores naturales, ofrecen por si mismos unas determinadas posibilidades para la implantación de un conjunto de cultivos que constituyen la agricultura de una región.

La acción humana, de mayor o menor intensidad, hará que la oferta natural se amplíe y permita la acogida de cultivos cuya implantación en condiciones naturales tendrían escaso éxito.

El medio natural de l’Horta, especialmente en lo referente a la humedad, no es excesivamente apto para acoger un gran número de cultivos, cuyas necesidades hídricas exceden con mucho las que nuestro medio oferta. La climatología mediterránea, en contraposición a la atlántica, no permite la producción de importantes cantidades de biomasa, haciéndose imprescindible el recurso al riego para paliar el déficit de humedad. De tal forma que, en condiciones naturales, nuestros espacios tan solo serían solventes para permitir el desarrollo normal de una escasa gama de plantas: el almendro, la higuera, el algarrobo, el olivo, unos escasos trigos y algunas leguminosas, como el haba, cuyo ciclo de cultivo se acompasa con el de mayores precipitaciones anuales. El otro factor natural del clima, la temperatura, no actúa salvo excepciones extremas, a modo de limitante para la implantación de los cultivos. No obstante, algunos de los actualmente existentes, especialmente los de origen americano, pueden en determinadas situaciones climáticas sufrir daños de cierta entidad causados por el frío. Para remediar estas dificultades, el agricultor ha empleado a lo largo del tiempo una serie de medidas paliativas a través de ciertas técnicas, como las espalderas, camas calientes de estiércol, o algunas más modernas como el plástico acolchado, microtúneles, etc. Todo ello, junto el ajustar al máximo el ciclo del cultivo a la climatología prevista, ha permitido minimizar las pérdidas.

El suelo con arcillas, limos, y ocasionalmente arenas en las zonas próximas a las ramblas, permite la presencia de la inmensa mayoría de los cultivos. Tan solo aquellos que necesitan, por aprovecharse sus partes subterráneas —chufas patatas, carlotas, nabos, etc.,— una mejor penetración en el suelo, necesitan ser modificados, de forma tal, que el recurso al aporte de arena procedente de nuestro litoral, ha sido y, aun hoy lo es, la solución. El PH básico de nuestros suelos no ha sido, por lo general, un limitante, y su incidencia ha sido superada con la utilización de las variedades que mejor se adaptaron a ese condicionante.

 

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